La sociedad digital sitúa a la infancia en un ecosistema de vida acelerado. En este contexto, la aspiración de muchos adultos es que los niños y niñas triunfen, alcanzando el máximo nivel de desarrollo académico con el fin de conseguir la cota más alta de cualificación profesional. Y para obtener este anhelado ‘éxito social’, las familias se afanan en ‘institucionalizar’ a sus hijos e hijas, cada vez a una edad más temprana, en una diversidad infinita de tareas, apelando al beneficio que estas reportarán al desarrollo personal de la infancia.
Desde esta lógica, se amplían los horarios de ocupación, supuestamente educativa, y a la jornada escolar habitual se suman todo tipo de actividades extraescolares, como las clases de idiomas, la música o las actividades deportivas.
El discurso social dominante obliga a incorporarse a una carrera frenética, justificada por el futuro bienestar profesional, desoyendo el sentir de la infancia y el latido vital de sus ritmos de juego, de relación con sus iguales, de ocio y de gestión de un tiempo pausado para reflexionar, observar, explorar y construir su identidad personal.
Sin embargo, las experiencias durante la infancia determinan la manera de situarse en la vida, así como la adquisición de las mejores herramientas para afrontarla. Por eso es necesario partir de una concepción de infancia rica en potencialidades, que exige el reconocimiento de su dignidad y la puesta en marcha de iniciativas para descubrir y potenciar sus talentos.
Las aportaciones de la teoría de las inteligencias múltiples suponen el cambio paradigmático desde una concepción de inteligencia estática hasta un modelo integral dinámico, modulado por el contexto, que incluye ámbitos cognitivos que afloran de manera única.
Cada aprendiz posee un perfil diferencial, tanto en sus capacidades como en su forma de aprender, fruto de la combinación personal de los diferentes tipos de inteligencia –lingüística, espacial, lógico-matemática, entre otras–. La combinación singular de las inteligencias de cada niño o niña constituye su talento. Será trabajo de los profesionales de la educación diseñar ambientes de aprendizaje familiares y escolares que permitan aprovechar al máximo la plasticidad del cerebro infantil.
El fin es conseguir la transformación de las potencialidades que todo ser humano posee, en competencias para desenvolverse con éxito en una situación real. Desde la neuroeducación se viene demostrando que estamos programados para aprender y que necesitamos la atención, la emoción y la interacción social como ingredientes para gestionar la inteligencia y transformarla en talento. Además, los hábitos y el entrenamiento favorecen la aparición del talento.
Con ‘talento’ nos referimos a un concepto que trasciende la inteligencia cognitiva y emocional; al nuevo modelo emergente que se concreta en la ‘inteligencia ejecutiva’, una inteligencia en acción y para la acción.
En esta concepción de talento ocupa un lugar destacado la memoria creadora, la cual está vinculada con el pensamiento divergente, aquel que nos permite vislumbrar nuevos caminos y horizontes desconocidos. Así, la educación puede transformar la inteligencia que posee cada persona en talento al diseñar ambientes de aprendizaje estimulantes, diversos, lúdicos y respetuosos con los tiempos y ritmos infantiles.
Una vez descubierto el talento de cada aprendiz –porque nadie puede ser bueno en todo, pero todos somos buenos en algo–, serán el entrenamiento, la práctica y los hábitos de trabajo sistemáticos las variables que permitan que esa capacidad individual extraordinaria se convierta en excelencia vital y profesional.
Pero ¿cómo podemos fomentar el talento de nuestros pequeños y pequeñas? Como orientaciones podemos sugerir: