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Videojuegos: ¿cómo saber si alguien padece de una adicción y cómo prevenirlo?

El pasado 11 de febrero, entró en vigor la nueva lista de enfermedades determinada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), en donde figura la adicción a los videojuegos en el apartado de desórdenes mentales. Aunque aún genera controversia, la clasificación ha sido bienvenida por los profesionales de la salud mental, quienes consideran que esto permitirá estandarizar diagnósticos, tratamientos y la evaluación de cifras a nivel nacional.

Es preciso señalar que esta incorporación, que forma parte de la undécima Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS (ICD-11), nace a partir del debate de expertos en torno al tema, la recopilación de datos, evidencia, testimonios y casos clínicos en niños, adolescentes, jóvenes y adultos.
Diagnóstico y prevención
Para que podamos hablar de una adicción como tal, el paciente debe mostrar ciertas conductas por un periodo mínimo de doce meses, por ejemplo, la pérdida o falta absoluta de control sobre el juego.
Asimismo, si el juego se torna una prioridad y necesidad para el usuario, quien descuida otras actividades (como el trabajo y las relaciones familiares), o demuestra un deterioro progresivo y muy notorio de la salud física, es posible estar lidiando con una adicción.
Milton Rojas, psicólogo clínico de CEDRO, comenta a la Agencia Andina que, el juego, por el hecho de ser una prioridad, va a tener un gran impacto negativo en la esfera social, laboral, familiar y la salud.
«Otro elemento es la intensificación del juego a pesar de las consecuencias negativas que el jugador experimenta. Por ejemplo, seguir jugando a pesar de que la persona pierde su trabajo», apunta.
Juan Luis Barrera, psicólogo clínico de la Asociación Peruana de Deportes Electrónicos y Videojuegos (APDEV), afirma que existen ciertas señales de una posible adicción en niños y adolescentes.
«Debemos preocuparnos si al niño o adolescente lo notamos triste, decaído, sin querer salir, sin interactuar, con conflictos en casa, muy distante, sin querer comer, solo queriendo jugar, si abandona el colegio o universidad y se queda muy solo, y lo único que hace en esa soledad es seguir jugando«.
Además, quienes comienzan a jugar precozmente (desde los diez o doce años), tienen una mayor probabilidad de desarrollar una conducta problemática o una adicción. Pueden haber también problemas de autoestima, dificultad para desarrollar habilidades sociales o gestionar apropiadamente las emociones, explica Rojas.
«Detrás del juego también hay problemas de salud mental que predisponen en gran medida. Por ejemplo, los déficits de atención, los trastornos de ansiedad, depresión, entre otras, son factores de riesgo para que una persona, con cierta facilidad, se enganche en un juego problemático y escalar a la dependencia y a la adicción», indica el experto.
A fin de evitar una adicción, los expertos destacan la importancia del rol de padres, instituciones educativas y docentes para establecer un vínculo saludable y un control para el correcto manejo de las tecnologías y los juegos, sobre todo en menores.
«En la medida en que haya un balance entre el juego y otras obligaciones, hay menos probabilidad de desarrollar una adicción». En ese sentido, el diálogo entre padres e hijos y el desarrollo de otras actividades cotidianas es vital.
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